Yerbabuena nos dio gloria

Marca Carrasco. Crítica ABCSevilla de Cuentos de Azúcar. Bienal de Flamenco

En el mar de Amami un pez globo dibuja círculos en el fondo del mar creando hermosos dibujos. De la isla de Amami es Anna Sato, una cantante japones que saludó a Eva Yerbabuenaen el festival de Jerez de 2016, y como por arte de magia, Amami, Ana, Eva y el flamenco, quedaron prendados. La unión de ambos mundos, de las dos civilizaciones, acaba originando estos «Cuentos de azúcar», una obra donde se ponen a prueba los sentidos y donde la sensibilidad escapa por los poros de la piel.

En el escenario, unos dibujos hechos en metal componen un redondel. Son los dibujos del pez globo, convertidos en escenografía. En el telón de fondo un nuevo círculo por el que aparecen peces, flores de cerezo, la luna o el sol albero del Sur.

No se engañen, aquí no hay fusión, se trata de compartir un mismo espacio, y leyendas. El canto de Anna Sato y el baile de Eva Yerbabuena, habla de relatos ancestrales de la isla de Amami, como la historia de la bella esclava convertida en serpiente, el pájaro negro, o los espíritus que habitan en los árboles .

Aparece Eva Yerbabuena, de negro, como si fuera una escena de danza butoh. Son cuatro los brazos que hacen gestos imposibles, coordinados en geométricos movimientos. Detrás, delante, de repente la bailaora se eleva del suelo como si levitara. Los brazos del bailarín Fernando Jiménez, invisible, están ahí.

Anna Sato canta una canción japonesa que emociona, y baila Eva por caña. Bata de cola, remates, contratiempos, escorzos, giros, cambrés, todo en ella es un puro gozo. Remata en equilibrio con la bata de cola por delante y alza el pie, se mantiene ahí, clavada como si algo mágico la sostuviera. El público estalla en aplausos antes de terminar el baile. Sabe que ve gloria.

Canta Anna Sato. Portentosa su voz. La luz del círculo ha cambiado, se ha convertido en roja. Las transiciones son el canto de Sato o el baile contemporáneo y de movimientos en pura tierra, de Fernando Jiménez. Pero Eva no abandona el escenario más que unos segundos.

Anna Sato pasea delicadamente con un globo en forma de pez , el golpe de tambor la acompaña, como un cuento.

Percusión. Suena el ritmo del inicio del Bolero de Ravel, o será el fandango de Granada, donde se inspiró el francés. Y la inmensa guitarra de Paco Jarana inicia el compás por tangos, y no interviene el cante , sino el canto japonés de Anna Sato y entra en compás por tangos. No se entiende la letra, pero tampoco hace falta. Transición al tango flamenco, que la guitarra no ha abandonado, cantan Miguel Ortega y Alfredo Tejada, ole los dos.

Y baila Yerbabuena. Qué decir de este baile que no parece de este mundo, porque Yerbabuena está en estado de gracia y hace del tango un poema. Entramos de lleno en la malagueña y la granaína, pero estos «cuentos» quieren acabar con la luz de Cádiz ,por alegrías, y lo hace mezclando ambas culturas. Canta Anna Sato y se acompaña con el shamisen (intrumento de tres cuerdas japonés), y la «recupera» Paco Jarana para hacer la introducción por alegrías. Entra la Yerbabuena, baila con sus brazos y mete los pies, iniciando el zapateado en el que incluye velocísimas escobillas. Se vuelve hacia Sato y ella le canta, baila Eva, y no, no hay fusión, hay emoción.

La alegría va finalizando, y poco a poco los músicos (qué buenos todos), se levantan del círculo donde por fin han podido entrar. La van dejando sola, y poco a poco, los efluvios del baile de la Yerbabuena nos invanden. Estos cuentos de azúcar han terminado, pero tiene un epílogo: Anna trae té, se agachan las dos intérpretes en ceremonial reverencia, y cuando acercan sus labios a la tradicional bebida, el público rompe en un largo y atronador aplauso. En la gloria.

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